PRUDENCIA:  (Sensatez, Reflexión, Moderación, Análisis, Sobriedad)

Es el valor moral que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia el verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. El hombre cauto medita sus pasos. La prudencia es la regla recta de la acción. Conduce a los otros valores indicándoles regla y medida. Gracias a la prudencia aplicamos sin error los principios morales a casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. Es sensatez para formar juicio y tacto para hablar u obrar. Representa al don de expresarse con agudeza, ingenio y oportunidad. Toda persona sensata decide y ordena su conducta según este juicio. La prudencia es el valor humano más importante. Es el faro que ilumina el camino. Nos lleva a acertar cuando nos encontramos en una encrucijada. Es luz. Los valores, fe, esperanza y caridad, iluminan el ejercicio de la prudencia. A su vez, la prudencia señala el mejor modo de practicar esos valores. Cuando nos encontramos con distintas posibilidades a seguir, la prudencia señala la mejor y a veces, la única. Como valor es más asequible a las personas acostumbradas a observar la realidad, a las que atienden a las circunstancias y las tienen en cuenta, saben comprender mejor la forma de ser de las personas, reflexionan antes de actuar, miden sus palabras y eligen las que mejor expresan aquello que quieren decir, deciden en el momento oportuno, advierten las posibles consecuencias de sus decisiones, piden consejo si lo necesitan, asumen los riesgos de su actuación, procuran tener varias posibilidades, aspiran y buscan, por encima de todo, hacer el bien. Se requiere un buen grado de espiritualidad para acceder a este valor.  

Reconocer la propia ignorancia: La prudencia nos avisa sobre nuestra ignorancia y nos dice que toda la realidad es amplia y compleja, las personas son libres, y, hasta cierto punto, impredecibles y el futuro no se puede controlar totalmente. La clave para ser prudentes es saber reflexionar: una persona sin conocimientos vive en un mundo a oscuras, donde la precipitación, la presunción y la inconsciencia, son tendencias que le obstaculizan ser prudente; en cambio el instruido, tiene herramientas que le permiten análisis más acertados, por lo cual, todo lo sopesa, aunque ahonda especialmente donde hay profundidad y dificultades y donde cree que a veces hay más de lo que piensa. La prudencia apunta siempre al bien, busca lo mejor, elige lo que, según como se presenten las circunstancias, puede ser lo máximo. Para ingresar al mundo de la prudencia, primero debemos aceptar nuestra ignorancia en un tema dado y que mientras más aprendemos sobre él, más aumentaremos nuestra espiritualidad y por añadidura disfrutaremos de mayor paz y bienestar.

Atender al presente: Somos prudentes cuando vivimos con realismo el momento presente. Con facilidad la imaginación nos impulsa a hacer conjeturas sobre el futuro; con frecuencia dedicamos excesivo tiempo a crear hipótesis inverosímiles que nos arrancan del presente y nos llevan a pensar en lo que no existe y probablemente no existirá. Por estos derroteros se desvanece nuestra consciencia sobre lo actual. Y en otros momentos damos vueltas al pasado, dejando que nos invada el pesar por errores antes cometidos: también por estos caminos perdemos la noción del presente. La experiencia sirve, el futuro se hará realidad, pero solo en el ahora podemos actuar: atender al presente, conocer la situación, hacerse cargo de las circunstancias, tener en cuenta a los demás, resolver los problemas de hoy. Todo ello es fuente de paz y seguridad para la acción prudente. Puede parecer, desde una mirada superficial, que es imposible tener en cuenta tantos aspectos antes de actuar. Sin embargo, la inteligencia humana es muy capaz de ello. Sin embargo, cuando los fines son egoístas, cuando se actúa por vanidad, envidia, codicia, y lo que se persigue constituye alguna clase de maldad, este conjunto de actitudes y actos no podrán ser considerados como prudentes. En este caso se trata de astucia, perversidad. Todas las habilidades personales se hacen valor a partir de las intenciones rectas, honradas y sanas.

Atención a las consecuencias: Aunque el futuro no es predecible, en cierta medida podemos atisbar, e incluso saber con cierta certeza, qué ocurrirá al tomar una decisión y ponerla en marcha. Esta reflexión sobre los efectos probables ilumina y hace caer en cuenta de detalles interesantes que mejoran la forma de proceder. Existe una cualidad de la inteligencia, la sutileza, y las personas prudentes la practican. Saben que la realidad no es abarcable y analizan bien los posibles efectos de sus actos. Sin estas previsiones, nuestras acciones pueden causar graves daños. La persona prudente pondera los pros y los contras que conlleva una elección y procura anticiparse a las dificultades que pueden surgir más adelante.

Valentía para decidir: El peligro de equivocarse siempre acecha, toda acción conlleva riesgos. Y la prudencia lleva consigo la aceptación del desacierto. En este ejercicio está presente el valor de la fortaleza, practicada con serenidad. El general Kutuzoff, al frente del ejército ruso ante la invasión de las tropas francesas, logró la derrota de Napoleón al retirarse sin presentar batalla para evitar que su propio ejército sufriera grandes bajas: el tiempo y el invierno ruso lograron que el ejército invasor se derrumbara. Su decisión, tomada contra las presiones de los oficiales de su Estado Mayor, que le acusaron de cobarde, salvó a Rusia. Hay decisiones que requieren gran audacia. La valentía para decidir significa asumir los riesgos de las decisiones, aceptar lo que otros pensarán, dirán, criticarán.

La imprudencia de ser pasivos: La tentación de no actuar acecha cuando lo que conviene llevar a cabo tiene dificultades y peligros. Pero no hacer nada es también una decisión o una postura que conlleva riesgo. También las omisiones causan efectos malignos y traen complicaciones. La ausencia de energía para decidir y actuar es cobardía y otras veces es pereza, debilidad, apatía, negligencia, mezquindad.

Pedir consejo: Cuando existen dudas positivas, cuando falta información o claridad en los datos para enjuiciar situaciones, acudir a alguien que merece confianza, es prudencia. No es debilidad y falta de talento apoyarse en la visión de otra persona, sino honradez y rectitud, sincero deseo de acertar sobre lo que es justo y bueno. Reconocer que no somos buenos consejeros para nosotros mismos puede salvarnos de cometer errores: esto es humildad. Escuchar serenamente, comparar esas ideas con las propias y obtener una conclusión. No se trata de traspasar el problema al otro ni de cargarle con la responsabilidad de las consecuencias: yo soy el sujeto y el problema sigue siendo mío; la petición de consejo no me priva de libertad ni de responsabilidad, la decisión es mía, las consecuencias las asumo yo. Cuando en la montaña el excursionista se ve perdido, aprovecha cualquier encuentro fortuito para preguntar.

El momento oportuno: También el tiempo cuenta, y las decisiones no se pueden dilatar indefinidamente. Hay un tiempo para pensar y otro tiempo para decidir y actuar. Por otra parte, la precipitación y la impaciencia constituyen también un riesgo. Solo con cuidado se advierte cuál es el mejor instante de intervenir y de actuar, tanto para hablar como para callar. A veces se requiere paciencia, en otras ocasiones se trata de aprovechar la oportunidad que aparece inesperadamente. Cuando se desea y persigue un buen fin se agudizan nuestras facultades. La actitud serena permite considerar las circunstancias, acudir a la experiencia personal, hacerse cargo del riesgo. Si se pierde la serenidad, disminuye la capacidad de razonar, y así es imposible actuar con prudencia.

Un corazón limpio: Un corazón generoso y libre tiene gran capacidad para distinguir lo mejor y elegir el bien. Cuando alguien está dominado por el egoísmo, la vanidad o la ambición no hay prudencia, a pesar de que se actúe con la precaución propia de este valor. Sin bondad no hay prudencia. Repito: Se requiere un buen grado de espiritualidad para acceder a este valor y actuar en concordancia.

La prudencia, moderación, mesura o sobriedad, es el valor que templa y regla las acciones externas, conteniendo a la persona en los límites de su estado, según lo conveniente, haciendo que las palabras y las acciones sean dichas o hechas con cordura, discreción y templanza. Es también cualidad de humilde, falto de engreimiento o de vanidad.

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Artículo divulgativo basado en: El libro Pasó haciendo el bien, de Francisco Fernández C., Conferencias del Lcdo. Vidal Schimill de Escuela para padres y en la compilación "El poder de la verdad", de la Universidad de Ansted, E.U.A. historiaybiografias.com. Cuentos y canciones para compartir valores. Ed. de la Infancia. Conócete a ti mismo, Omraam Mikhaël Aïvanhov. Diccionario de la RAE.  Conozca sus fortalezas, T. Rath.  Se autoriza la reproducción del artículo, si se menciona como fuente: datamedbank-ec.com

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