PACIENCIA: (Tolerancia, Resignación, Perseverancia, Calma)
Es la capacidad para aceptar que las cosas no siempre son o serán como queremos. Significa soportar algo pesado o minucioso, sin reclamar. Disposición para padecer situaciones adversas sin alterarnos. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho. Es respetar y sufrir con calma, las ideas, creencias y opiniones de los demás, aunque sean diferentes o contrarias a las propias. Es intentar mantenerse invariable en una actitud, opinión o actividad que se ha iniciado. Las ocasiones de contrariedad jamás nos faltarán mientras estemos en contacto con otras personas. Las hace inevitables el constante roce con ellos. Que no sean estas contrariedades motivo para evitar su compañía. A diario se presentan numerosas situaciones en las que el buen trato con los demás requiere un ejercicio activo de este valor, a veces de modo heroico. Pensemos en algunas madres de familia. Paciencia para escuchar: Entre las habilidades y valores que requiere la buena escucha de lo que oímos está la paciencia. La experiencia nos dice que sin la espera serena para dejar hablar a los otros es imposible entenderse y, sin embargo, escuchar no siempre es fácil: interrumpimos a quien habla, perdemos un poco la paz si prolonga el discurso, nos distraemos pensando en otras cosas o dejamos sin más a cualquiera con la palabra en la boca. Sabemos que escuchar es necesario, importante en las relaciones humanas, imprescindible para comunicarnos; pero demasiadas veces nos vence la impaciencia. En ocasiones no se da importancia a la mala educación de quien corta la palabra. Podemos llegar incluso a ser crueles con alguien que tarda más en expresarse. La paciencia para escuchar se puede adquirir si se quiere. Son numerosos los motivos que hacen importante este objetivo: permite el conocimiento de las personas, hace posible la buena comunicación, ayuda a transmitir el afecto, elimina malas interpretaciones, nos permite ponernos en el lugar de los otros y comprenderles, favorece el compañerismo, crea vínculos de amistad, nos enriquece con el conocimiento de las ideas de otras personas, proporcionamos alegría a quienes nos hablan. Sin escuchar a los demás, vamos por la vida como flechas que no aciertan en la diana. Es una forma de respeto hacia la otra persona. Escuchar es una actividad tan natural y humana que no parece exagerado afirmar que lo llena todo. Es tanta la necesidad de ella que tampoco constituiría un error definir a la persona en función de ella. Vale la pena preguntarse qué sentimos cuando no nos escuchan, cuando nos dejan de escuchar en medio de una conversación. Esta paciencia brota de algo más hondo, que es la bondad, el respeto, la lealtad con quien tenemos delante y nos habla. Toda persona es algo grande, misterioso; sus palabras abren la puerta de ese misterio y manifiestan sus pensamientos, afectos, alegrías, problemas, sufrimientos. Acoger y escuchar serenamente lo que dicen los demás es quererles bien.
Pacientes ante las dificultades de cada día: En cada instante se manifiesta nuestra fragilidad. Cualquier pormenor que nos molesta se convierte con frecuencia en una mini-tragedia que nos entristece o enfada; soportamos mal hasta las molestias más pequeñas, sin darnos cuenta de que estas reacciones son ridículas y que guardan una desproporción enorme con los sufrimientos que padecen tantos seres humanos en todas las partes del mundo, cerca y lejos. Nos conviene adquirir recursos que fortalezcan nuestro interior y, así, llegar a ser personas más cabales, más fuertes para estar por encima de aquellos disgustos que parecen grandes y luego no son para tanto. La paciencia preserva del peligro de quedar roto por la tristeza y por las dificultades que no somos capaces de superar. Pacientes en la prisa: Ante la posibilidad de llegar tarde a una cita importante, la espera de un autobús que se retrasa puede causarnos un desasosiego grande; si llega completo y no admite viajeros, hay que esperar al siguiente en medio de una fila de personas solidarias en la impaciencia contra el transporte público, el ayuntamiento, el alcalde, etc. Quizá es un buen momento para empezar a caminar a pie para ganar tiempo, para hacer un amigo nuevo en la fila de los impacientes. Y, ante todo, mantenernos serenos porque el mundo no se hunde por este desajuste. La precipitación lleva al desorden: la prisa no justifica que alguien abandone la habitación dejando tras de sí un caos de cosas. Es cierto que usamos tantas cosas que con frecuencia terminamos hartos de ellas, y nos entran ganas de tirarlas contra el suelo o por la ventana. Pero si ejercemos un poco de paciencia y de calma, podemos llevar todo a su sitio en breve tiempo. Es necesaria la paciencia cuando, llenos de prisa, alguien a quien no esperábamos nos detiene para preguntar o decir algo; no es bueno deshacernos de él con malas palabras ni gestos. Existen distintas formas de ser amables: comunicarle nuestra situación, decir que le llamaremos por teléfono, pedir disculpas y dejar para mañana su consulta y muchas veces no ocurrirá nada por dedicar unos minutos a esta persona y escucharla. Es cuestión de que interiormente nos obliguemos a ser respetuosos y amables. En este caso la paciencia es caridad.
Cambio de planes: Necesitamos paciencia para encajar con cierta deportividad un cambio de planes a última hora, por mucha ilusión que nos hiciera salir con una persona, ver una buena película, quedarnos tranquilamente en casa. No tiene sentido que por esta causa entremos en un enfado mayúsculo y que, quizá, lleguemos a fastidiar a quienes no tienen que ver con lo que nos pasa. Es posible recomponer nuestros planes y dirigirlos hacia otras actividades, si no perdemos la calma. Paciencia con las personas más cercanas: Junto a ellas es fácil perder la paciencia. Son, sin embargo, quienes más nos aprecian y quieren. Son los que más necesitan que seamos con ellos pacientes, serenos y amables. Hemos de contar con los defectos de las personas que tratamos, que muchas veces se esfuerzan de verdad por superarlos. Paciencia con su mal humor, con suspicacias, quejas y manías, sobre todo cuando se repiten con frecuencia. Sabemos por experiencia que la convivencia se estropea por la impaciencia. Tener paciencia con quienes nos rodean quiere decir darles tiempo: tiempo para hablar, tiempo para aprender, para mejorar, para crecer. Hemos de tener en cuenta que de vez en cuando nos encontraremos con personas valiosas, pero lentas. Otras veces nos empeñamos en juzgarles por lo que a nuestro juicio debieran ser o deberían hacer, y no por lo que en realidad son. Nunca debemos exigir a los hombres lo que ellos no pueden dar, aunque sí hemos de ayudarles a superarse, a aspirar hacia lo más alto. Para esto es necesaria una paciencia generosa. Quizá, lo más difícil es ser pacientes en nuestra propia casa y con los asuntos que afectan directamente a los nuestros. Sin embargo, el buen clima familiar se pierde cuando no controlamos la impaciencia.
Algunas sugerencias: No desesperarnos cuando no recibimos aún la respuesta a unos resultados: la nota de un examen, un informe del médico, una entrevista de trabajo, una lista de admitidos, etc. No enfadarnos si al llegar a casa no está preparada la comida ni puesta la mesa. Enseñar a los hijos pequeños a hacer las cosas sin enfadarnos porque quizá son un poco torpes. Arreglar con calma desperfectos de la casa sin irritarnos con nadie si echamos en falta algunas herramientas. Escuchar las razones y explicaciones de los hijos adolescentes cuando nos las dan. Aceptar con benevolencia la impuntualidad de los demás. Saber esperar a que los hijos adolescentes maduren y se les pase la edad del pavo. Asumir sin aspavientos los desperfectos y roturas de los electrodomésticos, que, por otra parte, no son eternos. Tomarse las equivocaciones de los demás con sentido del humor. Apartar definitivamente las expresiones violentas. Con los hijos pequeños y con los grandes: Hay niños pequeños que son muy llorones y pueden pasarse horas llorando sin parar y sin cansarse. Es difícil en este caso mantener la serenidad porque son muchos los factores que nos desasosiegan: oír su llanto, no poder dormir, no conseguir terminar lo que habíamos comenzado, no saber qué le pasa, si estará enfermo, si se va a ahogar. Si dejamos que nos ganen el nerviosismo y la desesperación, lo vamos a pasar peor, podemos cometer una tontería. Podemos hallar un poco de paz si consideramos que todo pasa, que al fin se va a dormir o callará: es cuestión de esperar pacientemente ese momento, porque llega. Probablemente es más difícil sufrir los gritos de aquellos algo mayores cuando juegan dentro de casa. Pero, ¿quién no recuerda el gozo infantil de los juegos entre hermanos, no siempre sin peleas al final? Será necesaria una porción de paciencia para no estropearles la fiesta. Pacientes al conducir: ¿Quién puede resistir un atasco en el tráfico sin ponerse nervioso? Quizá son pocos, aunque todos saben que esto ocurre casi todos los días. Necesitaremos algún recurso para paliar los efectos de estos retrasos. Paciencia también con los conductores más lentos, para hacer un adelantamiento en el momento oportuno, para no traspasar el límite de velocidad, aunque no haya radares, para admitir que un viaje dura lo que dura y que es peligroso correr más de la cuenta, para no desesperarse cuando hay niebla ni cuando llueve y se ve mal la calzada. Paciencia para dejar cruzar a los peatones en los pasos que no tienen semáforo. Y para dejar actuar al que conduce para que decida como quiera el trayecto, sin llenarle de órdenes y consejos abrumadores. Con quienes interrumpen lo que llevamos a cabo: Hay ocasiones en que deseamos concentrarnos en un trabajo y no queremos que nadie nos moleste. Pero es seguro que alguien lo hará. Esta persona que llama o entra sin llamar no debe recibir un grito ni ser despachada con violencia. El valor de la paciencia y el buen hacer consisten en atender a esa persona y enterarse de lo que quiere. Porque no se trata de decirle de mala forma que se lo solucione otro, cuando, en realidad, soy yo quien se ocupa de este asunto. Se puede frenar el enfado por la interrupción, y existe el modo amable de decir que estamos muy ocupados ahora. Para terminar bien un trabajo: Siempre se puede dar por terminado un trabajo sin acabarlo. Por pereza, por cansancio, porque estamos un poco hartos. Es una mala decisión, aunque la tentación sea muy fuerte. Existe el deber, costoso muchas veces, de hacer las cosas bien. Ante los trabajos largos y costosos, el deseo de acabar puede llevarnos a terminarlos de cualquier forma. Sin embargo, con paciencia y poco a poco, podemos superar la precipitación y dejarlo bien terminado. Algunas manifestaciones de impaciencia: La impaciencia es rica en manifestaciones, tanto externas como internas. Con frecuencia aflora en forma de queja, porque la persona se siente víctima de las circunstancias, no encuentra solución inmediata y se lamenta de ello. Pero quejarse sirve de poco: la energía se gasta en lamentarse, cuando habría que ejercerla para tomar decisiones. Y con mayor frecuencia aún degenera en la ira: una acumulación de contrariedades llevadas con impaciencia produce irritación, y por falta de autocontrol puede acabar en violencia, enfado, agresividad, gritos, palabras ofensivas o groseras. La ira es, en algunas personas, compañera de la impaciencia. En ocasiones, una contrariedad mal aceptada produce un descontrol que afecta a casi todos los aspectos de la vida de una persona. Así, un problema familiar lleva a algunas personas a enfadarse con facilidad en su trabajo, a irritarse por cualquier inconveniente pequeño. Cuando sufrimos por algo de mayor entidad no conviene que ese estado impregne a los demás: la paciencia nos ayuda a tener dominio sobre nosotros mismos para responder bien ante las obligaciones y en el trato con los demás. Siempre debemos tratar de estar serenos, compasivos, pacientes, amables.
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Artículo divulgativo basado en: El libro Pasó haciendo el bien, de Francisco Fernández C., Conferencias del Lcdo. Vidal Schimill de Escuela para padres y en la compilación "El poder de la verdad", de la Universidad de Ansted, E.U.A. historiaybiografias.com. Cuentos y canciones para compartir valores. Ed. de la Infancia. Conócete a ti mismo, Omraam Mikhaël Aïvanhov. Diccionario de la RAE. Conozca sus fortalezas, T. Rath. Se autoriza la reproducción del artículo, si se menciona como fuente: datamedbank-ec.com
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