MANSEDUMBRE:  (Humildad, Tranquilidad, Apacibilidad)

Condición de la persona benigna y sosegada. A tu paso debes dejar: tu sonrisa habitual, tu calma serena, tu buen humor y tu alegría, tu caridad y tu comprensión. Quienes no conocen la mansedumbre dejan tras de sí una polvareda de descontento, una estela de animosidad y de dolorosas amarguras, una secuela de heridas sin cicatrizar; un coro de lamentos y una cantidad de corazones cerrados, por un tiempo más o menos largo, a la confianza en la bondad de los hombres. A la mayoría de los hombres les resulta difícil admitir que los mansos llegarán a poseer cualquier bien más o menos grande. Tanto la historia como el presente parecen indicar más bien lo contrario: que la violencia es lo adecuado para apoderarse del mundo, de la tierra, para dominar a los hombres. La mansedumbre como valor se apoya en el valor de la paciencia, en la serenidad, brota de la paz interior; tiene que ver con la fortaleza y con la piedad, también con la compasión. Significa, en cierto sentido, señorío: una elevación sobre las contradicciones para no quedar atrapados en ellas, para no reaccionar violentamente frente a lo que se nos opone, nos molesta o lo que nos parece injusto o absurdo. Decir de alguien que es manso parece peyorativo; no es palabra atrayente, sino al revés: mentalmente unimos su significado con debilidad e impotencia; pensamos que se trata de personas sin capacidad de decisión ni de reacción, pobres gentes dispuestas a dejarse avasallar. Conviene reconstruir este significado y añadirle el vigor que le es propio. La mansedumbre requiere inteligencia, fortaleza, prudencia y dominio de sí, Nace de la certeza de saber que es el mejor modo de solucionar los conflictos y las situaciones difíciles. Y surge del respeto hacia los otros, que no deben ser tratados con violencia. La mansedumbre responde a una convicción: poco o nada se consigue por las malas y todos rechazamos lo que se nos impone por la fuerza. Sin embargo, a través de la amabilidad y la dulzura las personas nos llegan al corazón; cuando nos sugieren o nos dicen las cosas así, aunque no nos guste lo que oímos, empezamos a considerarlo y luego, quizá, a admitirlo. Hay un fondo de piedad y de compasión en la mansedumbre. Se trata de un comprender, de querer ayudar y de un querer perdonar; de pasar por alto las circunstancias molestas que no es necesario considerar ni reaccionar con energía ante ellas. Hacia los demás es una compasión activa: la mansedumbre se ejerce para hacer el bien, superando la tentación de la violencia y de la ira que todos llevamos dentro en mayor o menor grado. Hay cierto heroísmo en las personas que responden a la violencia con bondad, que devuelven bien por mal, no odian, no mantienen rencores ocultos y saben perdonar. La mansedumbre es particularmente meritoria cuando se manifiesta con aquellos que nos hacen sufrir porque entonces es sobrenatural, sin mezcla de sensiblería vana y por eso llega al corazón de quien, contra toda justicia, estaba irritado con nosotros. Huimos por instinto de los violentos: Hay temperamentos que desarrollan una energía patente para hacer las cosas que han previsto; reaccionan con ímpetu, actúan con pasión, vienen a ser como viento huracanado. Si las conocemos, ya sabemos lo que va a ocurrir en determinadas situaciones. Se les teme y, en consecuencia, nos defendemos de ellas. Acabada la tormenta procuramos olvidar lo que sucedió, lo que dijeron, y comprobamos que su enfado fue estéril, que nadie atenderá sus propuestas tan enérgicas. Su actuación fue prácticamente inútil. Señala la sabiduría popular que más se caza con una gota de miel que con un barril de vinagre. La mansedumbre que está llena de energía oculta sale siempre vencedora. El hombre agresivo quiere siempre dominar, es el opuesto del hombre pacífico: aunque este se vea atacado, conserva la calma que brota de un corazón lleno de bondad. Se huye de los violentos porque nos perturban demasiado: sus palabras nos hieren, nos arrebatan la paz, nos incitan a responderles también con ira. La tormenta levantada con su violencia tarda, a veces demasiado, en calmarse; deja a los de alrededor estremecidos, doloridos, como ocurre en la naturaleza instantes después de una gran tempestad. Sus explosiones de ira pueden aparecer por cualquier pormenor: por una palabra que les parece inadecuada, porque no encuentran un bolígrafo, porque toman una dirección equivocada, porque la comida está insípida. Les falta control para sobrellevar las pequeñas incomodidades de la vida. Conocemos, quizá, a personas susceptibles que se enfadan porque imaginan segundas y malas intenciones en lo que dicen los demás. Otros guardan rencores por largo tiempo y, de repente, se presentan con una violencia que nadie se esperaba y por algo que consideraban ya pasado. A veces, esta explosión surge en momentos festivos. Quizá, este es el origen de la expresión tengamos la fiesta en paz. El ejercicio de la mansedumbre: La mansedumbre impide que el hombre se indigne. Brota del interior, de un corazón bueno, clemente, sereno, misericordioso. Si han adquirido este valor, hasta las personas más apasionadas son capaces de dominarse, aunque resulte difícil controlar esa ira natural que surge ante el mal, la injusticia, ante la violencia que puedan ejercer otros. La mansedumbre es una actitud posible si hay respeto, cuando se considera que la paz es un bien que está por encima de otros muchos, cuando se sabe captar el estado de ánimo y el modo de ser de los demás y se procura tener en cuenta sus circunstancias. Cuando se tiene el convencimiento de que la violencia es inútil. La paz de nuestro corazón depende de nosotros mismos. Evitar los efectos ridículos de la ira debe estar en nosotros y no supeditado a la manera de ser de los demás. Superar la cólera no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud. Solo con serenidad y amabilidad pueden afrontarse situaciones conflictivas: serenos, aunque solo fuese para poder actuar con inteligencia: quien conserva la calma está en condiciones de pensar, de estudiar los pros y los contras, de juzgar juiciosamente los resultados de las acciones previstas. Y después, sosegadamente, interviene con decisión. Su clave y su fuente es la caridad, por encima de toda otra razón: cuando se ama, se encuentra el modo sereno y amable de actuar y de decir. Se logra dominar en buena parte, al menos, el mal genio, la impaciencia, el fastidio, la decepción, la respuesta violenta al mal recibido. No es virtud de los débiles, sino al contrario: además de inteligencia se requiere mucha fortaleza, porque es más fácil dejarse llevar por la ira que controlarla. La ausencia de paz interior empeora el carácter de las personas y les lleva a comportamientos que, sobre todo, les perjudican a ellas mismas: como el hidalgo de la Mancha, ven gigantes donde no hay más que molinos de viento; se convierten en personas malhumoradas, agrias, de celo amargo, de modales bruscos, que no encuentran nunca nada bueno, que todo lo ven negro, que tienen miedo a la legítima libertad de los hombres, que no saben sonreír. Por el contrario, EL manso sabe encontrar lo positivo en cada situación, sabe poner una gota de buen humor; y, así, trae paz, hace la vida menos árida para los demás. Algunas sugerencias: Optar siempre por lo que une y construye. Tratar a las personas con clemencia y comprensión. Entender que la violencia es inútil, siempre o casi siempre. Recibir con buena cara los consejos y los reproches. Evitar la amargura y la dureza en toda circunstancia. Amar a los enemigos. Pedir ayuda para comenzar, al menos, por el perdón de la injuria o el de la ofensa. Decir las cosas con amabilidad, con buenos modos, aunque nos hayan tratado mal, con brusquedad, con intemperancia o con falta de educación. Estar dispuestos a amar por encima de la dificultad. Sufrir con paciencia las contrariedades y los errores de los demás. Debemos tener en cuenta que, en ocasiones, la mansedumbre puede llevarnos a ser heroicos. Muchas veces el actuar con paz y serenidad no es nada fácil.

_________________________________________________________________________________

 

Artículo divulgativo basado en: El libro Pasó haciendo el bien, de Francisco Fernández C., Conferencias del Lcdo. Vidal Schimill de Escuela para padres y en la compilación "El poder de la verdad", de la Universidad de Ansted, E.U.A. historiaybiografias.com. Cuentos y canciones para compartir valores. Ed. de la Infancia. Conócete a ti mismo, Omraam Mikhaël Aïvanhov. Diccionario de la RAE.  Conozca sus fortalezas, T. Rath.  Se autoriza la reproducción del artículo, si se menciona como fuente: datamedbank-ec.com

Si este breviario le pareció interesante, compártalo, entre los integrantes de su círculo de influencias, a saber: familiares, parientes, amigos y conocidos.  Su venta está prohibida.

_________________________________________________________________________________

 

 

Otros Valores Morales