INTERIORIDAD:  (Intimidad, Entrañas, Conciencia)  

Cosas privativas, por lo común secretas, de las personas, familias o corporaciones. La diferencia del hombre con el universo es radical: no vive en el mundo como algo más porque posee un carácter distinto, el hombre percibe su existencia, conoce su propia realidad, tiene conciencia de sí, de su ser y de su existir. El oso, el ciervo, el caballo, no tienen conciencia ni de sí ni de su ser, sencillamente no tienen conciencia. El hombre reconoce que el mundo que tiene delante se abre como una oportunidad, sabe que puede utilizar las cosas, servirse de ellas, transformarlas según su iniciativa. Frente al mundo material, sometido a las leyes naturales, los hombres disponemos de autonomía, podemos actuar de modos diversos: el ser humano está dotado de unas capacidades según las cuales, aun con quiebres, puede seguir añadiendo ornato, orden y belleza al universo. El hombre instaura en el universo una actividad nueva. Su presencia en el mundo lo puede cambiar, dignificar, elevar. La intimidad se encuentra en lo profundo de la persona: esto es real. Sin embargo, puede alcanzarse mejor o peor. La vida como tarea nos sitúa ante la oportunidad de crecer; de ahondar, de ser mejores. Una tarea que se puede llevar a cabo con mayor o menor intensidad y, por lo tanto, crecer poco o mucho, vivir en la superficie de la existencia o alcanzar aquella hondura que permite ser uno mismo, esencialmente distinto de cualquier otro, con un corazón humano: libre, generoso, humilde, compasivo, sincero, fuerte, alegre, leal, prudente, justo, magnánimo. Existir frívolamente: La frivolidad consiste, por el contrario, en vivir entretenidos con las cosas y los acontecimientos que nos rodean, con los fines apetecibles y los planes que aparecen; tan distraídos con todo ello, que se vive como si eso fuera todo. Las nuevas tecnologías, con su gran poder de captación, se apoderan de la atención y del tiempo de no pocos hasta el punto de llevarles a vivir más en el mundo virtual que en el real. No se vive interiormente cuando los objetivos se cifran en planes inmediatos, sin trascendencia alguna. Tampoco, si el trabajo, aunque sea intenso, se convierte en única meta, o se dirige a conseguir puestos más altos, más lucimiento personal, más dinero. Cuando el espíritu en ella reside, no hay faena que no se vuelva noble y santa. Hay una manera de dibujar caricaturas, de trabajar la madera que revela que en la actividad se ha puesto amor, cuidado de perfección y armonía, y una pequeña chispa de fuego personal: eso que los artistas llaman estilo propio, y que no hay obra ni obrilla humana en que no pueda florecer. No hay interioridad cuando la propia vanidad se hace el centro de la vida. Se vive con frivolidad cuando las relaciones interpersonales son superficiales. Cuando los demás no interesan de verdad, cuando no se aceptan compromisos o se rompen fácilmente. La falta de interioridad: el drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de espiritualidad. Sin interioridad la cultura carece de entrañas, parece como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma. ¿De qué es capaz la humanidad sin interioridad? Lamentablemente, conocemos muy bien la respuesta. Cuando falta el espíritu imaginativo no se defiende la vida y se degenera todo lo humano. Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad y existencia. Cada día vemos grandes dosis de frivolidad. La sociedad de consumo que nos rodea, nos inunda de eslóganes y reclamos comerciales. Nos vemos sumergidos en un entorno materialista donde no hay lugar ni tiempo para nada más que el consumismo desmedido. Esta superficialidad se refleja también en la manera de enfrentarnos al sufrimiento y al dolor. Mucha gente trata de rechazarlo o ignorarlo, como si eso fuera posible. A través del sufrimiento podemos crecer en esa visión honda de las situaciones y de las personas; adquirimos madurez y con ella, fortaleza, serenidad, compasión y comprensión. Con la aceptación del dolor se adquiere hondura. El valor de la interioridad es virtud porque no existe si no se cultiva con el esfuerzo que requiere. Nuestra libertad nos impulsa desde el fondo a ir adelante, en medio de las dificultades. Nos dice y nos repite: sé mejor, ve a más, sé auténticamente hombre o mujer, porque todavía no lo eres. Todos, con mayor o menor claridad, escuchamos la voz interior que reclama una decisión para alcanzar esta meta: Conócete a ti mismo Estas palabras del antiguo oráculo tienen plena vigencia: si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera, viene a decir. La ausencia de interioridad es epidemia en determinados ambientes: hay gente que a base de planes insustanciales y juguetes electrónicos no sabe quién es ni qué le pasa. Algunos jóvenes afirman que no hace falta estudiar porque todo está en internet. Otros no han pisado el campo y no conocen la naturaleza porque les dan miedo los bichos. Muchos no han leído un libro entero. Otros se quedan en blanco cuando escuchan dos ideas seguidas. Esta carencia de equipaje para pensar hace a las personas directamente superficiales y mediocres: la mediocridad perniciosa es la que no conoce ninguna nostalgia de bien y de mejora, la que encuentra en la banalización y la componenda su expresión más característica. El fondo que somos cada uno es asequible, aunque no hasta el final; y contamos con el tiempo para alcanzar ese más que somos por dentro, para ser mejores interior y exteriormente: has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana, que quiso igualarse con el buey y, al fin, reventó. Hay otros valores que apoyan esta tarea: constancia, gratitud, amistad, laboriosidad, responsabilidad, paciencia, veracidad. Aunque también hay que decir que, siendo bastante superficiales, tampoco se adquieren y practican estos. Vivir desde el fondo: No pasar por encima de los acontecimientos, preguntarse por el sentido, no conformarse con respuestas a medias, interrogarnos sobre los fines y los motivos. En este sentido se expresaba el poeta: esperaré a la noche, si todavía vivo, para discurrir un poco a pie por la carretera principal que atraviesa nuestro pueblo, envuelto en mi amada soledad, a fin de reconocer la razón por la que debo morir. La libertad no se sostiene sin la intimidad de la persona y sin el conocimiento. Por eso la interioridad es necesaria para el crecimiento humano como persona. Se elige bien lo que se conoce bien. La intimidad no es un ámbito cerrado; por el contrario, se abre hacia adentro y, también, hacia afuera porque la persona coexiste con las demás personas y con el mundo. En la intimidad que somos cada uno, el hombre conoce y al mismo tiempo, reconoce su libertad. Desde la intimidad se da a los otros y en la intimidad recibe: la persona el mejor regalo y es capaz de recibir el don de otra persona, el mejor tesoro recibido. El dar es dual con el aceptar. La interioridad se amplía con la adquisición de conocimientos. No se trata de ser el eterno estudiante, sino de poseer la actitud permanente de aprender, todos los días aprendemos. Admiración y asombro: Desde el respeto y la admiración se abren al mundo y al entorno ventanas que descubren nuevas tierras y nuevos continentes. Es admirable seguir vivos hoy, son admirables las personas, los niños, la belleza de los árboles sea primavera o invierno, es admirable que broten flores, que un niño aprenda a hablar, que un anciano sonría. La admiración y el asombro ponen un punto de alegría en nuestro interior porque significan un reconocimiento de la grandeza de vivir. Y de la admiración, a la reflexión. No pasar por los acontecimientos como el aire, que solo roza. Si una persona, ante los hechos que contempla, no se detiene, no se pregunta nada, no llegará a obtener una idea propia ni entenderá qué es vivir. Si no piensa y analiza lo que ocurre, no comprenderá a las personas, no captará el fondo de las situaciones. La admiración se perfecciona con la contemplación, una acción y una actitud que llenan la soledad: quien posee interioridad no huye de la soledad, sino que frecuentemente la busca y en ella no se siente solo porque sabe y conoce que su soledad está habitada por las personas a las que ama y le quieren. La vida, más allá de lo inmediato, tiene una profundidad extraordinaria que no es evidente. La observación, la atención, el pensamiento, la reflexión son armas de la inteligencia que permiten el acceso a una realidad escondida. Conviene ir al fondo de las cosas, prescindir de explicaciones fáciles y cortas. Conviene leer a escritores sabios; ver cine con calado humano; comprender a los demás a base de escuchar bien, con interés, ejerciendo empatía, compasión, deseo de ayudar. El imperio del hombre es su mundo interior. Por eso, un ser superficial y vacío no es un imperio, sino un desierto árido, improductivo y seco. El camino hacia ese mundo interior es todo aquello que aumente su espiritualidad. Innumerables afanes, acontecimientos y proyectos arrastran nuestra atención sobre lo externo. Sin embargo, solo alcanzamos el núcleo y centro de nuestra vida cuando aumentando la espiritualidad, lleguemos a decir y creer que estamos en este mundo, sin ser de este mundo. Escuchar es algo capital. Sin embargo, nadie nos ha enseñado qué hacer para prestar atención. Nadie nos ha dicho cómo ejercitarnos en el arte de la percepción. Todos vivimos encerrados en nuestro pequeño yo, ignorantes de que existe todo un mundo más allá de nuestros pensamientos y sentimientos, de nuestras emociones, necesidades y deseos. Cultivar el silencio es una auténtica revolución. Conviene frecuentar el lugar íntimo que somos cada uno; conviene vivir desde dentro para alcanzar la profundidad que tienen la realidad, la vida de otras personas, las cosas que ocurren, lo que existe más allá de lo que percibimos en primera instancia.

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Artículo divulgativo basado en: El libro Pasó haciendo el bien, de Francisco Fernández C., Conferencias del Lcdo. Vidal Schimill de Escuela para padres y en la compilación "El poder de la verdad", de la Universidad de Ansted, E.U.A. historiaybiografias.com. Cuentos y canciones para compartir valores. Ed. de la Infancia. Conócete a ti mismo, Omraam Mikhaël Aïvanhov. Diccionario de la RAE.  Conozca sus fortalezas, T. Rath.  Se autoriza la reproducción del artículo, si se menciona como fuente: datamedbank-ec.com

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