GENEROSIDAD:  (Misericordia, Compasión, Filantropía, Bondad)

Es comprensión, tolerancia, simpatía y voluntariedad hacia las personas, obrando con desapego, largueza y desinterés por las cosas, aunque suponga saber perder. Es renuncia que alguien hace a su voluntad, a sus afectos o a sus intereses. Consiste en realizar actos buenos que hagan felices a los demás y también a nosotros. Es valor necesario para mantener una amistad a través del tiempo y de la distancia. Valor que aumenta nuestra riqueza y talentos, en la medida que lo practicamos. La generosidad debe alentarse con paciencia, servicio, afecto y atención preferente hacia nuestros padres, compañeros de trabajo, amigos que están apurados y vecinos que viven solos.  Toda persona debe tener un corazón grande, que reaccione prontamente ante las necesidades ajenas, extendiendo su radio de actuación a esos problemas complejos, que afectan al conjunto de la sociedad y que se nos antojan competencia de otros y no de nosotros mismos. La generosidad es valor de las almas grandes que encuentran su mejor paga en el mismo dar. El hombre generoso y la mujer generosa han aprendido bien aquella frase: es mejor dar que recibir. Así es mejor dar. Mucho mejor. Se puede vivir así: comenzar nuestras tareas cada día dispuestos a repartir nuestros pequeños y queridos tesoros (el tiempo, la comprensión, el cariño, la alegría, el donativo, etc.) Siempre hay ocasiones para dar, cualquier día de nuestra vida. La generosidad aumenta la propia riqueza. Y también nuestros talentos. Casi sin darnos cuenta llenamos el día de mil pequeños detalles convertidos en favores, de actos buenos que hacen felices a los demás y también a nosotros. Algunas veces las necesidades de los demás tienden a ocupar nuestro tiempo, nos absorben de tal forma que nos vemos obligados algunas veces a renunciar a planes propios; se origina entonces una duda entre dar o no dar. Con sentido común, conviene pensar que no vivimos para nosotros mismos, sino para los demás. El día parece alargarse en la medida en que damos y nos damos. Este valor llamado generosidad es necesario para mantener una amistad a través del tiempo y de la distancia. Aunque los amigos son uno de los tesoros de la vida, esta relación se torna a veces exigente, y la lealtad conlleva, en ocasiones, sacrificios: tiempo, atención, favores, renuncia a lo propio, flexibilidad, benevolencia, comprensión, paciencia. Solo con generosidad es posible responder con solicitud a las necesidades que presentan los demás. Aunque el individualismo es la forma de vivir de tantas personas, todos estamos obligados a ser solidarios: una apertura hacia los demás, a veces difícil, que exige renuncia a uno mismo, normalmente en detalles pequeños. No son pocos los egoístas que siempre encuentran motivos para no prestar un favor a nadie. Cada una de estas negaciones es un paso hacia la pobreza de corazón. Todos van a lo suyo, declaraba aquel egoísta, todos menos yo, que voy a lo mío, añadía. Es posible mantener una actitud amable con quienes nos encontramos a diario: alguien que en la calle nos pide información, el guarda de seguridad que solicita la documentación al entrar en un edificio oficial, el funcionario de un registro público, el vecino que apenas conocemos, el empleado de limpieza que barre nuestra calle. La generosidad no debe desalentarse: la caridad es paciente, es servicial. Casi siempre es difícil la generosidad con el tiempo disponible, tan valioso y a veces tan escaso y tan mal aprovechado por muchos. Tantas horas perdidas. Con frecuencia será difícil recuperarlo, pero siempre sentiremos la alegría de haber escuchado, ayudado y favorecido, aliviado y fortalecido a alguien que lo necesitaba. Lo que se da a otro se multiplica. Siembra con cuidado un grano de trigo y te dará cien. Si alguno que posee bienes de la tierra ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor? El encuentro con los necesitados es una llamada a la puerta de nuestro corazón. La ayuda, exige que se haga con desinterés, sin ostentación: cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; prestad sin esperar nada a cambio; da a todo el que necesita y te pida, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Da y se te dará: esta sentencia se cumple siempre. También en nuestros días, tan cortos para dar. Generosidad abierta a todos: Son muchas las personas que esperan nuestros regalos, aun sin saberlo: hombres, mujeres, niños, que sufren lejos de nosotros. También esperan afecto y atención nuestros padres ya mayores; compañeros de trabajo a quienes les excede lo que tienen por hacer; amigos que están apurados; vecinos que viven solos. Y es importante el modo de dar y de hacer favores: debemos dar con alegría, servir con sencillez, sin humillar y sin reclamar recompensa alguna. La generosidad es productora de grandeza y elevación de ánimo, por lo cual tiene que ir delante o al lado de la caridad, nunca atrás, pues se antepone a la utilidad y al interés Valor que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenos. Es intentar ver con anticipación lo que posiblemente pueda suceder, estudiando las señales, indicios o estadísticas para poder así tomar las correspondientes medidas de resguardo. Es obrar con desapego o desinterés por las cosas, aunque suponga saber perder. Es imprescindible para convivir. Está íntimamente unida a la caridad. La generosidad es la compasión que experimentamos ante la miseria de otro, y nos impulsa a socorrerle, si podemos. Ser generoso no consiste en una disposición pasajera, ni en notar un sentimiento fugaz ante el dolor o la penuria de otro. Es, por encima de esto, una forma de vivir entre los demás, reconociéndoles como prójimos: personas que necesitan ser acogidas y comprendidas, que siempre desean ser tratadas con afecto y aceptadas tal como son. La generosidad ante el mal: Es una tentación frecuente reaccionar ante el mal explícito con cierta violencia y culpar a su autor sin apenas reflexión, sin considerar posibles atenuantes. Hay gente buena que piensa que esto es lo justo: no se paran a pensar que existen circunstancias ignoradas y multitud de factores que, sin restar maldad a las acciones, merecen atención antes de concluir en un juicio feroz y en un castigo. Don Quijote aconseja a Sancho: cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente. El ejercicio de la compasión: La realidad y la experiencia nos dicen que la humanidad, los hombres, no somos generosos de modo natural. Existe en nuestro interior una inclinación a protegernos ante el sufrimiento propio y ajeno. De manera espontánea evitamos el dolor y huimos de las complicaciones que suelen acompañarlo. Conscientes del riesgo de padecer por el dolor de los otros, buscamos quizá refugio en la indiferencia y tendemos a pasar de largo. Conviene enderezar esa tendencia torcida a huir del dolor ajeno por ser demasiado egoísta y por nuestra parte, es mejor asumir los problemas que sobrevienen cuando nos preocupamos por ayudar al prójimo. Quienes tienen buen corazón reciben la gratitud y el afecto de los demás, y sus imperfecciones se ven con indulgencia. Todos merecen compasión, son dignos de ella y la necesitan. En la vida de cada hombre existen penalidades porque la condición humana es débil, nuestra vida, precaria y las necesidades materiales e inmateriales son muy abundantes. Todos necesitamos una mirada nueva para, más allá de lo evidente, advertir en el interior de los demás su íntima fragilidad. Necesitamos un corazón nuevo con la energía y valentía suficientes para decidirnos a ser próximos, gente dispuesta a ayudar, acompañar, consolar, servir. También quienes aparentemente no necesitan nada son personas necesitadas de nuestra generosidad: interiormente padecen el peso de la vida, incomodidades, temores más o menos fundados, incertidumbres, dolor, soledad. Quizá alguno podría pensar que, sobre todo en los países más avanzados, los progresos en la asistencia social, sanitaria, laboral, etc., harían innecesarias, o hasta superfluas, las tradicionales obras de misericordia: no es así. Incluso en las naciones más desarrolladas, muchas personas se desenvuelven en el umbral de la pobreza, carecen de los servicios más elementales o sufren la soledad o el abandono, aunque dispongan de medios materiales. El ejercicio de la misericordia conlleva acciones poco llamativas, tan pequeñas que casi no se ven o no se consideran. Son obras de misericordia: dar limosna, proporcionar alimentos a quienes no tienen medios, acoger a los viajeros; cuidar, acompañar, visitar a los enfermos y moribundos; consolar a quienes están tristes o solos, atender a los ancianos, cuidar bien a los niños, velar y enterrar a los muertos; corregir con amabilidad los errores de los demás; perdonar; enseñar a quien no sabe; dar consejos útiles y oportunos; sobrellevar pacientemente los defectos de los demás y las incomodidades que nos producen. La vida diaria ofrece numerosas oportunidades de actuar así; de todas ellas podríamos librarnos si quisiéramos, porque la mayoría de personas no manifiesta explícitamente sus apuros y necesidades. Sin embargo, debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Este deber se encuentra ante nosotros siempre, nunca está cancelado ni suprimido. En la tristeza, en la enfermedad, en el luto, en la persecución el hombre tiene necesidad de consuelo. Todos estamos llamados a hacer lo que podamos con las personas que están apenadas y sufren. Consolar es siempre una acción delicada que requiere respeto, oportunidad y en ocasiones, la forma de actuar no serán las palabras, sino la comprensión, la cercanía, la compañía y las actitudes que manifiesten que se comparte el dolor y que se está dispuesto a aliviarlo. Siempre que procuramos consolar con humildad y sencillez llevamos el consuelo a esa persona. ¿Es usted generoso con su tiempo, energía o dinero?

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Artículo divulgativo basado en: El libro Pasó haciendo el bien, de Francisco Fernández C., Conferencias del Lcdo. Vidal Schimill de Escuela para padres y en la compilación "El poder de la verdad", de la Universidad de Ansted, E.U.A. historiaybiografias.com. Cuentos y canciones para compartir valores. Ed. de la Infancia. Conócete a ti mismo, Omraam Mikhaël Aïvanhov. Diccionario de la RAE.  Conozca sus fortalezas, T. Rath.  Se autoriza la reproducción del artículo, si se menciona como fuente: datamedbank-ec.com

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