ALEGRÍA: (Contento, Diversión, Dicha, Satisfacción, Entusiasmo)
Durante la noche ha llovido con generosidad. Por la mañana han aparecido charcos. Más lejos está la fuente, siempre abundante, y dentro de no mucho tiempo los charcos desaparecerán. Su duración está ligada a la porosidad de la tierra, a la intensidad del sol y del viento. Y se cumplirá como siempre el dicho gitano: sale el sol, sopla el viento, los charcos se secan, pero la fuente permanece. También en la vida de cada hombre y de cada mujer se presentan fuentes y charcos en su camino. Conocemos dos clases de alegría. Una tiene su origen en las circunstancias que nos rodean y nos proporciona pequeños y pasajeros gozos: sentirnos con buena salud, un aumento de sueldo inesperado, ha ganado nuestro equipo favorito. Vienen y pasan. Son agradables, pero poco o nada estables. Están relacionadas quizá con la diversión, con un poco de placer o con la ausencia de conflictos y problemas, con la tranquilidad del momento. Son muy buenas estas alegrías de la vida, pero son claramente insuficientes. La alegría es una conquista diaria frente a la tristeza siempre amenazante, frente a la adversidad, las dificultades, los problemas, las incertidumbres y aparentes fracasos. El perdón es un acto de amor, por eso es motivo siempre de alegría. Nuestra alegría se alimenta de nobles y buenas acciones. Una de las más grandes es perdonar. El perdón es beneficioso para las dos partes: quien perdona es feliz porque concede un don precioso; el que es perdonado se alegra porque es aceptado de nuevo, y así repara la afrenta. En la persona ofendida surge naturalmente una reacción, inspirada en el sentido de la justicia, que inclina a exigir que el agresor cargue con las consecuencias de su acción, que pague por el daño cometido. El perdón entonces implica ir en contra de esa primera reacción espontánea. El estado interior del ofensor es también problemático y enredoso. Puede estar satisfecho de su acción y no arrepentirse; o, por el contrario, quizá estará considerando que obró mal. La alegría espontánea puede ser temperamental, depende de los estados de ánimo o simplemente del tiempo atmosférico. Pero esta sería una alegría puramente fisiológica, viene y se va. La que nace de la fe tiene poder sobre todo el sufrimiento y todo el dolor. Todos aspiramos a la alegría grande, a la felicidad, y debemos conquistarla. Sin embargo, también en la vida cotidiana suceden muchas cosas buenas que producen intenso gozo. Es importante descubrirlas porque los pequeños gozos son la sal de la vida, alimento de la alegría más honda. No son moneda falsa ni sustitución de la alegría con mayúsculas. Hay momentos en que se nos cierra el horizonte, y es preciso descubrir y valorar las alegrías sencillas: en ocasiones, una preocupación desbordante o una pena grande cierran por un tiempo la alegría mayor, y mientras las cosas son así conviene aprovechar las dichas cotidianas, y no solo por animarse; también para no perderlas. Toda breve alegría o ilusión es buena, aumenta la esperanza e influye para bien en las relaciones con los demás. Es también parte del tesoro, pero es una alegría verdadera, que muestra la cara amable de la vida. Quien pierde la llave del coche, o la documentación o el teléfono móvil, es feliz al encontrarlos; llama, incluso, por teléfono a su mujer para decírselo: fíjate, estaba en el bolsillo de otra chaqueta; y ella: menos mal, ¡cuánto me alegro! Así, un día de sol en invierno, una llamada de teléfono de una persona amiga a quien echábamos de menos, una palabra, una comida que agrada a toda la familia, una canción favorita que escuchamos inesperadamente en la radio, el momento de recoger a nuestro hijo del colegio y verle contento, una tarea ardua superada felizmente, el instante de llegar a la cima de un pico alto, una palabra que anima, una sonrisa sincera. A veces, la alegría comunica su pequeño secreto en cosas de poco relieve. La alegría de vivir nace de pequeños sucesos, que son la trama de la vida. Hacer favores, no solo alegra los recibidos, dejan un clima de felicidad en el corazón; algo tan simple como ayudar a pasar la maleta por el torno del Metro a quien está en ese pequeño apuro, nos deja contentos. Si amamos de verdad, la alegría de los demás será más importante que la nuestra. Es más: este es el camino para ser felices nosotros. Un grupo de empresarios norteamericanos invitó a la Madre Teresa a una de sus reuniones importantes, y uno de los asistentes preguntó al final: ¿qué puedo hacer con mis empleados en momentos de conflicto o crispación? Ella contestó con sencillez: sonría. No dijo nada más. ¿Qué valor concedía ella a una sonrisa? El potencial de amabilidad, el poder de persuasión y de distensión que encierra una sonrisa es capaz de resolver no pocas situaciones difíciles. En estas circunstancias extremas, una sonrisa introduce un elemento nuevo, aparentemente ajeno al clima que se respira, y rompe la tensión que se había formado. Antoine de Saint-Exupéry nos ha dejado este relato: Fue durante el curso de un reportaje sobre la guerra civil española. Había cometido la imprudencia de asistir a escondidas, alrededor de las tres de la madrugada, a un embarque de material secreto. Desperté las sospechas de unos milicianos anarquistas El cañón de sus carabinas se posó ligeramente contra mi vientre. Observé que se fijaban no en mi rostro, sino en mi corbata. No sabía nada sobre ellos, excepto que fusilaban sin grandes objeciones de conciencia. Se estaba jugando mi piel en una ciega ruleta. Fue entonces cuando tuvo lugar el milagro, un milagro muy discreto. Me faltaban los cigarrillos. Como uno de mis carceleros fumaba, le rogué con un gesto que me encendiera uno, y esbocé una vaga sonrisa. El hombre se movió, se pasó lentamente la mano por la frente, alzó los ojos en la dirección, no de mi corbata, sino de mi rostro, y con gran estupefacción por mi parte esbozó, él también, una sonrisa. Fue como el despertar del día. Este milagro no desvirtuó el drama, lo deshizo simplemente como la luz deshace las sombras. Una vez roto el hielo, también los otros milicianos se humanizaron. Penetré en la sonrisa de todos como en un país nuevo y libre. La sonrisa es un gesto singular que manifiesta, más que ningún otro quizá, la multitud de emociones y sentimientos que existen en el interior del hombre. Sonreír amablemente en las relaciones sociales y profesionales es muy importante. Cuando hablamos, si aparece una sonrisa, esas ideas que expresamos se enriquecen con una nota de humanidad que multiplica su valor, las hace más persuasivas, eficaces, amables. Una sonrisa sincera siempre cautiva. En la vida familiar la sonrisa tiene un papel primordial, construye el clima en que las personas se sienten acogidas, permite la comunicación confiada y serena. A veces se piensa que la casa es lugar para actuar espontáneamente y desfogar ahí todas las pesadumbres y desilusiones que afloran y, en ocasiones, nos invaden. Pensamos que en familia todo está permitido, damos rienda al mal genio, al mal humor. Pero esto no es justo. Hay personas que son encantadoras en otros ambientes y en casa, de difícil trato. Amargan, precisamente, la vida de las personas a las que más quieren, la de aquellos que les tienen mayor cariño. Desde el respeto es fácil la sonrisa. Desde el aprecio sincero se sonríe para que el otro pueda ser él mismo sin obstáculos, sin temor. Porque la sonrisa abierta es un bien en sí mismo que facilita la comunicación, hace amables las relaciones, quita tensión en los conflictos, manifiesta aprecio. Sonreír es amar. Pedir a las personas que sonrían sobre todo en su vida de familia no es pedirles demasiado: es mostrarles que el cariño se expresa muy bien así y que, si quieren hacer felices a los demás, este es uno de los modos más sencillos. Solo se necesita buen corazón, olvidar de momento los propios problemas y hacerse cercano para ayudar de verdad a los demás. Con los matices propios de las relaciones profesionales, la sonrisa en el puesto de trabajo es tan necesaria o más como disponer de los medios técnicos oportunos. Las caras largas en cualquier circunstancia y lugar ensombrecen las vidas ajenas, crean obstáculos en las relaciones, favorecen ambientes en los que la gente no se siente feliz. Reír es sano, es bueno. Sin embargo, todos sabemos que a veces reír no es bueno, que es mejor callar, ni siquiera sonreír. Porque los significados de la risa son innumerables. Aunque en un primer momento asociemos risa con felicidad y alegría, son tantos sus significados y valores y tan diferentes como las situaciones que la provocan. Fácilmente nos damos cuenta, la risa es un arma arrojadiza, puede herir, entristecer y amargar a alguien. El motivo de la risa ha de ser noble y el momento, oportuno: sería poco amable reírse de una persona que se cae y puede haberse hecho daño. Asimismo, conviene evitar las carcajadas fuertes y destempladas. La risa sana aparece en el juego, en muchas de sus variantes, y viene acompañada de sentimientos que, en determinados momentos, nos pueden inundar por completo. La risa no siempre está vinculada con la alegría. Conviene reconocer cuál es el propio modo de sonreír; pero, sobre todo, es oportuno matizar bien la intención: todos sabemos que la sonrisa mala hiere. Dañar con la sonrisa está al alcance de todos. La sonrisa que se elige contiene un mensaje casi siempre muy claro, y quien recibe el efecto lo reconoce en el acto, sabe cuál es la actitud de la persona que tiene enfrente, se siente bien o se ve despreciado y se prepara para defenderse de lo que puede venir después. No se trata de ir derramando sonrisas bondadosas por todas partes, sino de hacer el bien, aliviar el dolor y no causarlo, animar y abrir horizontes, manifestar aprecio y no desprecio. Nuestros actos y gestos nacen del interior, proceden del corazón. La sonrisa no es una expresión inocua, sino la verdad de nuestro corazón. Necesitamos alegría en el seno de la familia, en el trabajo, en las relaciones con quienes tratamos, aunque sea por poco tiempo, con motivo de una entrevista, de un viaje, de esos pequeños favores que hacen más llevadero el tráfico difícil de la gran ciudad o la espera de un medio de transporte público que tarda en llegar. Debe sucedernos como a esas fuentes que aún existen en algunos pueblos, donde acuden por agua las mujeres del lugar. Unas llevan cántaros grandes, y la fuente los llena; otros son más pequeños, y también vuelven repletos hasta arriba; otros van sucios, y la fuente los limpia. Siempre se cumple que todo cántaro que va a la fuente vuelve lleno. Y así ha de ocurrir en la vida de un hombre de bien: cualquier persona que se nos acerque ha de irse con más paz y alegría. Todo aquel que nos visite en una enfermedad, o por razón de amistad, de vecindad, de trabajo, ha de volver más alegre. El trato afable nos ayuda a pasar por encima de las diferencias o pequeñas antipatías que podrían surgir en algún momento, para llegar al fondo de las personas que tratamos, con frecuencia sedientos de una sonrisa, de una palabra amable, de una contestación cordial, que les endulce un poco esta vida en muchas ocasiones no fácil. Cuando el alma está alegre, es estímulo para los demás. La alegría familiar se construye, no surge por sí sola. Y los materiales de esta construcción son múltiples, como ocurre con todo edificio. Cuando los padres son buenos, el clima que se respira en la casa permite el crecimiento saludable de los hijos: aprenden sin darse cuenta un estilo de vida positivo y optimista. La misión educativa debe realizarse con un talante humilde, perseverante, alegre y deportivo, que es reflejo del propio esfuerzo de los padres por mejorar. Los niños se miran en el espejo de sus padres, de ellos aprenden todo o casi todo en los primeros años. Los hijos serán alegres si los padres viven con la alegría. que les permite sobrellevar dificultades y sufrimientos sin perder la paz. El niño es naturalmente alegre. Si se siente querido, si el cariño de sus padres es patente, él vive feliz, libre de inseguridades y temores. No conviene truncar esta alegría, sino procurar que arraigue haciéndose más profunda, porque la alegría es parte de su salud y recurso imprescindible para afrontar más tarde el dolor y la contrariedad. Un pequeño recetario para estar siempre alegres: Servir a los demás lleva a ser humildes y alegres. Asimilar y olvidar las contrariedades del día a día. Aprovechar toda ocasión de hacer pequeñas obras de caridad. Gozar de la satisfacción del trabajo bien realizado. Aprovechar la alegría del deber cumplido. Entregarse al servicio y a la colaboración desinteresada. Utilizar la alegría que provoca el sacrificio y el desprendimiento.
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Artículo divulgativo basado en: El libro Pasó haciendo el bien, de Francisco Fernández C., Conferencias del Lcdo. Vidal Schimill de Escuela para padres y en la compilación "El poder de la verdad", de la Universidad de Ansted, E.U.A. historiaybiografias.com. Cuentos y canciones para compartir valores. Ed. de la Infancia. Conócete a ti mismo, Omraam Mikhaël Aïvanhov. Diccionario de la RAE. Conozca sus fortalezas, T. Rath. Se autoriza la reproducción del artículo, si se menciona como fuente: datamedbank-ec.com
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